El consumidor ha cambiando, los negocios también deben hacerlo

Las entregas rápidas son más que un tema logístico:
Son un tema de experiencia.
Para el cliente, el pedido no termina cuando paga.
Termina cuando lo recibe.
Ese trayecto (desde que sale el pedido hasta que llega a manos del cliente) es donde se construye confianza o se pierde.
Cuando una entrega es rápida y clara, el cliente siente control.
Sabe que el negocio está organizado y que cumple lo que promete.
Algunos datos que ayudan a dimensionarlo:
La rapidez no solo acelera ventas.
Reduce fricción y ansiedad.
La última milla es el único momento donde el cliente ve la operación en acción.
Ahí espera tres cosas muy simples:
Cuando eso ocurre, la entrega se vuelve parte del valor del producto.
Entregar rápido no significa trabajar con prisa.
Significa trabajar con orden.
Inventario disponible, preparación ágil, asignación clara de repartos y comunicación automática hacen que la velocidad sea natural, no forzada.
Un negocio que entrega rápido y bien:
El cliente no siempre recuerda el precio exacto,
pero sí recuerda cómo se sintió en su última compra.
Por eso, hoy, la velocidad de entrega no es un extra.
Es una ventaja competitiva real.
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